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  > Columna de Opinión
Sábado, 12 de diciembre de 2009
EL REGALO DE NAVIDAD 
Dra. Montse Mazana. Pediatra de Atención Primaria

aparato de televisión mostrando dibujos animados
aparato de televisión mostrando dibujos animados
Aquella noche Jorge se despertó asustado, llorando y repitiendo:
“¡mamá, yo no quiero una tele, yo te quiero a ti, yo te quiero a ti mamá, yo te quiero a ti…!”.

Sus padres, al oírle, acudieron a su habitación: “hijo, despierta, tranquilízate, papá y mamá estamos contigo y te queremos”. Jorge había sido víctima de una pesadilla.

Era tiempo de Navidad. Se percibía en el jolgorio de las calles, adornadas como todos los años con luces y con los escaparates llenos de reclamos navideños.

En el colegio, los niños también se hacían eco de esta circunstancia, y entre ellos, comentaban lo que iban a pedirles a los Reyes Magos, a Papá Noel… En sus ojos se percibía la ilusión de los juguetes nuevos.

Un amiguito de Jorge le instaba a pedir un televisor para su habitación, ya que él lo tenía hacía ya tiempo y se lo pasaba muy bien cuando se iba a acostar, viendo cuentos, dibujos animados y algún que otro programa de mayores…

Entonces Jorge le preguntaba si en ese rato de televisión, sus padres no le acompañaban, como a él: “tus padres, ¿dónde están?”. “No lo sé, me imagino que también viendo la tele”, le respondía su amigo.

Esto le hizo pensar, ya que sus padres siempre le acompañaban a la hora de dormir, un día su madre, otro su padre, según las ocupaciones de cada uno. Leían cuentos y charlaban, sí, sobre todo charlaban de cómo les había ido el día. Jugaban al juego de “descargar la mochila”. “¿Descargar la mochila?”, le preguntaba el amigo. “Sí, mis padres dicen que por las mañanas cargamos con una mochila en la que se va recogiendo todo lo que hacemos a lo largo del día. Luego por la noche es bueno vaciarla, pero revisando su contenido para ver todo lo bueno que nos ha ocurrido, porque eso nos hace revivir el placer que nos ha producido y a su vez nos ayuda a que los días siguientes hagamos las cosas de forma parecida”.

“De lo que no ha ido bien, le decían los padres de Jorge, tenemos que procurar saber el porqué para no repetir las mismas equivocaciones. Una vez vacía, está lista para que, a la mañana siguiente, podamos cargarla ligera y con nuevos objetivos”. Jorge descargaba su mochila, pero también sus padres con él, y poco a poco, le ayudaban a crecer y a establecer su propia escala de valores.

Al final, Jorge sabía muy bien que no quería un televisor que sustituyera a sus padres, ya que le privaría de las charlas nocturnas con ellos, antes de dejarse llevar por la fuerza de sus mejores sueños. Por eso y ante la insistencia de su amigo de pedir una tele para Navidad, Jorge había tenido aquella pesadilla tan horrible, ¡cambiar a sus padres por una tele…! “¡No mamá, yo no quiero una tele, yo os quiero a vosotros!”.


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La Navidad es el regalo de la ILUSION. Ilusión que en los niños se traduce en vacaciones, dormir más por las mañanas y, sobre todo, juego. Juego y juguetes… Es tanta la ilusión que manifiestan, que nos atrapa y nos envuelve. Y qué más desean los padres que hacer felices a sus hijos. Pero, desde una reflexión sincera y realista, creo que la sociedad actual nos está confundiendo con tanta oferta, cada vez más sofisticada, más cara y que hace del juguete el fin y no el medio para ser felices.

Debemos ayudar a nuestros hijos a elegir aquellos juguetes que impliquen participación, creatividad y algo de esfuerzo. Nuestros hijos se están volviendo pasivos y solitarios con tanto juego de sillón o sofá, individual y que no permite interferencias, de tal modo que cada vez están más ausentes del entorno y de la familia.

¿Volveremos a ver a los niños jugando en los parques, y a juegos inventados por ellos?, ¿o eso sólo es posible en algún pueblo pequeño, aislado, dónde los coches, los extraños y otros peligros, todavía no han llegado? En cierta ocasión, una niña me comentaba que donde se sentía más feliz era en el pueblo de su abuela, jugando libremente, en contacto con la naturaleza y con los animales domésticos…

¿Volveremos a tener tiempo para dedicar a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros mayores, sin tener que recurrir a sucedáneos/regalos/juguetes/televisión, para llenar esas carencias afectivas?

Juguetes, sí, pero controlados en calidad y cantidad. Que el juguete le sirva al niño para disfrutar, a la vez que para imaginar, compartir y crecer personal y emocionalmente; que le ayude a descubrir nuevos mundos de fantasía.

Es pues labor de los padres, que al igual que ayudamos a nuestros hijos a descubrir la comida más saludable, les ayudemos a elegir los juguetes más adecuados.

¡Niños mejores a través de juguetes mejores!




 

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