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Martes, 25 de mayo de 2010
Las madres adolescentes tienen menor nivel de estudios, menores tasas de actividad y empleos menos estables. Las circunstancias desfavorables asociadas a un embarazo adolescente persisten a lo largo de la vida de las mujeres
No usar un anticonceptivo eficaz en la primera relación sexual multiplica hasta por 6 el riesgo de embarazo adolescente 

barriga de mujer embarazada
barriga de mujer embarazada de 5 meses
(CSIC, Departamento de Comunicación. Centro Superior de Investigaciones Científicas. España.)
El uso de anticoncepción eficaz desde la primera relación sexual es la mejor forma de evitar un embarazo no deseado en la etapa adolescente. Un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Complutense de Madrid revela que no usar anticonceptivos o usarlos después de la primera relación multiplica hasta por seis la posibilidad de embarazo adolescente.

Igualmente, emplear un método anticonceptivo no eficaz (distinto del preservativo, el DIU, el diafragma o los métodos hormonales) multiplica por más de cuatro el riesgo de embarazo precoz.

Estas dos conclusiones se recogen en el trabajo Maternidad adolescente en España, dirigido por la investigadora del CSIC Margarita Delgado, a partir de una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas a 9.700 mujeres de 15 o más años, lo que abarca incluso a generaciones nacidas antes de 1931.

El estudio ha contado con financiación de la Fundación Española de Contracepción. La investigación ha permitido a sus autores trazar un perfil de las madres adolescentes en España: las jóvenes que han accedido tan tempranamente a la maternidad se emancipan y forman pareja antes que sus coetáneas, ya que el embarazo es el desencadenante de dichos acontecimientos.

En el ámbito profesional, además de abandonar antes sus estudios, acceden más tarde a su primer trabajo y no suelen lograr empleos estables.

Los primeros resultados del trabajo indican cómo, en un período de 50 años, la edad mediana de inicio de las relaciones sexuales de las mujeres residentes en España ha pasado de cerca de los 25 años a rondar los 18.

La investigación muestra ejemplos de esta evolución: menos de una cuarta parte de las mujeres españolas nacidas antes de 1951 habían tenido su primera relación sexual al llegar a los 20 años. Por el contrario, para las nacidas entre 1976 y 1980 el porcentaje asciende al 73% y sube al 86% en el caso de las que nacieron entre 1981 y 1985.

Uso de anticonceptivos

La paulatina reducción de la edad de inicio de la actividad sexual ha venido
acompañada de un descenso progresivo de la edad a la que las mujeres comienzan a usar anticonceptivos. Así, mientras que las mujeres nacidas entre 1951‐1955 utilizaban su primer anticonceptivo pasados los 25 (y mantenían su primera relación sexual a los 21,5), las cohortes de 20 años más tarde (1971‐1975) comienzan a usar anticonceptivos a los 19,6 años, e inician su actividad sexual a los 18,9.

Persiste, por tanto, un desfase entre el inicio de la actividad sexual y la anticoncepción, aunque el lapso temporal es cada vez más reducido: 3,8 años de diferencia en el caso de las mujeres que tenían en el momento de la entrevista entre 50 y 54 años y 0,7 años en el caso de las que tenían entre 30 y 34.
El descenso en la edad de inicio de la actividad sexual ha llevado consigo, lógicamente, un aumento del número de mujeres con posibilidades de quedar embarazadas durante la adolescencia. Sin embargo, comparando en cada generación el porcentaje de embarazos entre las mujeres que tuvieron su primera relación sexual antes de los 20 años, se aprecia una clara tendencia a la baja.

Así, mientras que entre las cohortes de mujeres nacidas en 1941‐1945 se llegó a un 60% de embarazos adolescentes, entre las últimas analizadas (1981‐1985) ha sido del 10,7%.

Impacto del embarazo en la vida de la adolescente

“Se puede afirmar que el acortamiento de los estudios es uno de los mayores
hándicaps para las madres precoces”, apunta Delgado. Aunque es una tendencia que puede observarse incluso en los niveles educativos medios, las diferencias son especialmente palpables a la hora de hablar de estudios superiores.

Considerando las cohortes que tenían entre 20 y 49 años en el momento de la
encuesta, los porcentajes de acceso a la educación universitaria entre las madres
adolescentes no llegan al 5% y bajan incluso al 0% entre las de 30‐34 años. Por el
contrario, en ese mismo grupo de edad, las madres no adolescentes han accedido a la universidad en proporciones sensiblemente distintas: 22,6%.

En cuanto a su relación con el mundo laboral, en términos generales, la investigación prueba que las madres adolescentes trabajan a cualquier edad en menor medida que el resto de sus coetáneas. Para llegar a esta conclusión, en el estudio se observó la situación a determinadas edades y se compararon los resultados entre ambos grupos.
Por ejemplo, a los 30 años, en la cohorte 1966‐70, el porcentaje de actividad entre las madres no adolescentes es superior en 10 puntos porcentuales al de las madres precoces.

Mayor temporalidad

La temporalidad también es una característica general: “La pérdida de estabilidad en el empleo que se registra en las cohortes más recientes se aprecia en todas las categorías de mujeres, sean o no madres”, afirma la demógrafa. Pero los datos, prosigue, ponen de manifiesto que el porcentaje con empleo estable es menor entre las madres adolescentes.

Delgado resalta uno de los datos más reveladores en este sentido: “Hemos calculado la edad mediana a la que madres adolescentes y no adolescentes habían obtenido su primer trabajo estable. Para calcular este dato es preciso que al menos el 50% de la población observada haya experimentado el suceso, esto es, que haya tenido un trabajo estable alguna vez. Pues bien, sólo ha sido posible calcular la edad mediana de las madres adolescentes con empleo estable para la cohorte 1961‐1965. Para el resto no ha sido posible, debido a que no alcanzan el 50% las que han logrado un empleo estable, lo que demuestra la baja estabilidad laboral de las madres precoces”.

En general, las mujeres que fueron madres en la adolescencia, en el momento de la concepción estaban solteras, vivían con sus padres y no convivían con su pareja, situación que cambia totalmente si se las observa en el momento del nacimiento de su hijo. Ello se debe, precisamente, a que es el embarazo el que desencadena el proceso de emancipación y emparejamiento.

Las madres adolescentes suelen proceder de hogares con una media de vástagos sensiblemente más elevada que el resto, y ellas mismas tienen a la larga la media de hijos más elevada entre sus coetáneas. Respecto a la llegada del segundo hijo, se pueden apreciar diferencias importantes entre unas y otras madres. Así, tomando como ejemplo la cohorte 1951‐55, mientras que a los 25 años el 83,9% de las madres adolescentes ya había tenido un segundo hijo, el porcentaje correspondiente para las madres no adolescentes de esa misma generación apenas sobrepasaba el 22%.

Estos datos contrastan con el número ideal de hijos que deseaban las encuestadas. Observando las mujeres que ya han finalizado su ciclo reproductivo (únicas para las que es posible evaluar las diferencias), se aprecia que, entre las madres adolescentes, el número de hijos tenidos supera ampliamente el ideal. Por el contrario, entre las madres no adolescentes, estas diferencias son de escasa entidad, tanto cuando representan un déficit como un superávit.

Uniones más frágiles
Otra dimensión que destaca el estudio es la fragilidad de las uniones formadas por
madres precoces. “Las proporciones de rupturas se duplican en varias de las cohortes de uniones, llegando a multiplicarse por tres entre las emparejadas en 1965‐1974.
Además, el cálculo de la duración media de la unión revela que, en la mayor parte de los casos, la pareja se rompe antes que entre el resto de las madres”, explica Delgado.
La mayor vulnerabilidad de las uniones formadas por las madres adolescentes se debe, en buena medida, a que el emparejamiento no es algo planificado, sino sobrevenido ante la constatación de un embarazo. A esto se une la propia juventud de la pareja y, por tanto, su probable falta de madurez emocional, lo que constituye otro de los factores que influyen en las rupturas.
Se trata, a juicio de la investigadora, de nuevas cifras que confirman una de las
hipótesis de la investigación: la maternidad en la adolescencia proyecta sus efectos de manera persistente a lo largo de la trayectoria vital de la mujer, configurando situaciones más desfavorables respecto a las vividas por sus coetáneas que no han sido madres precoces.

En definitiva, las madres adolescentes viven en un período de tiempo muy corto ocho o nueve acontecimientos de gran relevancia: inicio de la actividad sexual, inicio en la anticoncepción, finalización de los estudios, primer trabajo, emancipación del hogar de origen, primera convivencia, primer matrimonio, primer trabajo estable (cuando llegan a conseguirlo) y primer hijo.

Concretamente, si se excluye la obtención de un trabajo estable, las madres adolescentes pertenecientes a la cohorte 1966‐1970 viven todos estos sucesos en un período de 4,8 años, frente a los 9,6 que les ocupan a sus coetáneas que han sido madres pasados los 20 años.
“La maternidad en la etapa adolescente conlleva una notable aceleración del curso vital respecto a sus coetáneas que han sido madres pasada la adolescencia, y esto se aprecia nítidamente en aspectos relativos al ámbito más privado, como es la formación de la familia. Sin embargo, no se corresponde con lo ocurrido en la esfera social, ya que, por el contrario, no precipita sino que retrasa la incorporación a la vida adulta en un aspecto clave como es el ámbito laboral”, incide la investigadora del CSIC.
 

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