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El reto de la evaluación psicopedagógica 
 
Fecha última actualización: 21/12/2010
Universidad de Oviedo // Mercedes Inda Caro 
¿Es posible detectar a las personas adolescentes que utilizan la exageración y simulación de problemas psicológicos como instrumento para conseguir beneficios personales? La respuesta afirmativa es el caballo de batalla de psicólogos, pedagogos, médicos y educadores. Diferentes líneas de investigación trabajan por conseguir métodos de evaluación que permitan determinar la veracidad de los problemas de conducta.

Foto: SINC Aula con adolescentes consultando un telefino mobil
El ser humano, por naturaleza, emplea mecanismos de defensa con el objeto de sobrevivir dentro de la sociedad que le rodea. Las personas se encuentran habitualmente dentro de una dinámica de responsabilidades familiares, sociales y laborales que implican cumplir unos mínimos y alcanzar una serie de metas.

A lo largo de este camino difícil y con obstáculos, se debe hacer frente a conflictos tanto personales como sociales, que exigen ser solucionados para sobrevivir. Durante la etapa adolescente esta lucha se mantiene, e incluso puede llegar a ser más dura e intensa. En efecto, el menor puede desarrollar muchos mecanismos de defensa o estrategias para permanecer integrado en la sociedad, sin que ello suponga renunciar a su individualidad. Si se realizara un recorrido por las conductas de supervivencia, el lector podría encontrar comportamientos de mimetismo, empatía, sinceridad, simulación o engaño, entre otros.

El fingimiento de una alteración de la conducta es definida por la Asociación Americana de Psiquiatría (1994) como “la producción intencionada de síntomas físicos o psicológicos desproporcionados o falsos, motivados por incentivos externos como no realizar el servicio militar, evitar un trabajo, obtener una compensación económica, escapar de una condena criminal u obtener drogas. Bajo algunas circunstancias, la simulación puede representar un comportamiento adaptativo: por ejemplo, fingir una enfermedad mientras se está cautivo del enemigo en tiempo de guerra”.

La simulación no es una conducta nueva

Ya en los años "50, el médico forense Rodríguez Martín señalaba cómo la conducta de simular puede ser rastreada en la más tierna antigüedad de la sociedad española: “En las obras maestras de la picaresca española se hallan magníficas descripciones de las artes e industria de la simulación…” (1957; pp 285).

Los y las adolescentes que pretenden exagerar sus problemas psicológicos o incluso simularlos, suelen hacer referencia a síntomas de trastornos cuya frecuencia de ocurrencia es muy poco realista, es decir, manifiestan su presencia con una periodicidad o forma extraña; aducen síntomas muy comunes de un trastorno mental a los cuales el simulador da mucha importancia (aunque se trate en realidad en ocasiones de una parte más del trastorno, que no contribuye de manera relevante a aumentar su gravedad) y por último, suelen hacer referencia a síntomas que son genuinos, pero poco comunes entre los verdaderos pacientes.

Puesto que España lleva muchos años de retraso en el campo de la evaluación de estas conductas, se hace necesaria la creación de instrumentos adecuados para determinar con máxima certeza, cuándo un menor se encuentra exagerando o fingiendo sus comportamientos. Si bien es cierto que existen algunos estudios con población adulta, nadie puede negar que también los adolescentes puedan aparentar ciertos comportamientos con la finalidad de obtener beneficios de cualquier tipo. He aquí la urgencia de comenzar a trabajar en la evaluación de esta cohorte de población.

Ética y detección de la simulación

Algunos profesionales niegan la existencia de esta situación de exageración o fingimiento al considerar que nadie es capaz de mantener de manera voluntariosa su comportamiento y sus pensamientos. Desde esta perspectiva, puesto que los simuladores no son conscientes durante su actuación de todos sus comportamientos (esta falta de conciencia impediría que fueran comportamientos deliberados), son definidos como neuróticos.

Sin embargo, desde otros ámbitos como el Derecho, se mantiene una postura contraria, señalando que ciertos comportamientos tienen una intención clara por parte del sujeto que la realiza (Gorman, 1982). En este punto, y puesto que se trata de personas que van a consumir recursos sociales, educativos y sanitarios, la sociedad debería comenzar a plantearse si acepta o no a los simuladores.

Durante los últimos años, se han invertido fondos para cubrir bajas laborales de personas que han estado engañando a la Sanidad pública. Esta circunstancia ha llevado en la actualidad a una situación de mayor rigidez y rigurosidad en la evaluación por parte de los tribunales médicos. A nivel privado, las mutuas y aseguradoras de diferentes ámbitos, también han constatado la existencia de personas que exageran o simulan sus alteraciones, para obtener beneficios económicos.

Respecto a la etapa de la adolescencia, sería aún más importante dicha evaluación, en cuanto que en su caso, las decisiones que se van a tomar afectan a individuos en proceso de desarrollo físico, psicológico y social, influyendo en su vida como adultos.

En conclusión, es necesario desarrollar instrumentos objetivos, eficaces y eficientes que permitan detectar a estas personas, para poder así realizar una distribución adecuada de los limitados recursos sociales disponibles.

Un grupo de profesoras de la Universidad de Oviedo realizaron una investigación siguiendo los objetivos mencionados. Se realizó una adaptación del SIRS (Structured Interview reported Symptoms, SIRS)(Rogers, Bagby & Dickens, 1992; Rogers, Gillis & Bagby, 1990; Rogers, Gillis, Dickens et al., 1991; Rogers, Kropp, Bagby et al., 1992). El instrumento, Cuestionario autoaplicado de síntomas (C.A.S.), se encuentra en fase experimental. El C.A.S. se transformó en un autoinforme, a diferencia del SIRS que es una entrevista estructurada, para facilitar la aplicación a grupos de estudiantes en el aula. Para obtener más información se remite a los lectores a REOP. Vol. 21, nº 1, 1er cuatrimestre, 2010. pp. 109-120

 


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